
Vaca Muerta: el desafío de sostener la producción de gas y petróleo en Argentina
Redacción

Vaca Muerta representa hoy el principal activo energético de Argentina y el más crítico para la estrategia de divisas del país. En agosto de 2026, la formación ubicada en la cuenca neuquina mantiene una producción que ronda los 1.300.000 barriles de petróleo equivalente diarios (bpd), con aproximadamente 800.000 bpd de petróleo crudo y 500.000 bpd de gas natural, lo que posiciona a este yacimiento no convencional como responsable de casi el 60% de la producción petrolera nacional y cerca del 35% de la oferta de gas. Sin embargo, la sustentabilidad de estos números enfrenta presiones estructurales que merecen análisis detallado: inversión insuficiente, volatilidad de precios internacionales, competencia de productores de esquisto estadounidenses y la compleja ecuación fiscal argentina que condiciona la rentabilidad de proyectos con ciclos de inversión de 8 a 10 años.
La historia reciente de Vaca Muerta es la historia de ajustes constantes y expectativas incumplidas. La formación fue descubierta en 2009 y los primeros pilotos de fracturación hidráulica se iniciaron entre 2010 y 2012. El primer año de producción significativa, 2015, marcó apenas 30.000 bpd. Desde entonces, el crecimiento fue acelerado pero discontinuo: pasó de 60.000 bpd en 2016 a 210.000 bpd en 2018, alcanzó 380.000 bpd en 2020 y llegó a su pico histórico de 1.350.000 bpd en octubre de 2022, antes de sufrir una contracción que la ubicó en torno a 1.200.000 bpd durante 2023 y 2024. La inversión acumulada desde 2015 hasta hoy ronda los 28.000 millones de dólares, distribuida principalmente entre YPF (40%), Shell (25%), Chevron (20%), ExxonMobil (10%) y operadores menores (5%). Estos números contextualizan que estamos ante el cuarto yacimiento no convencional más importante del mundo por escala, apenas por debajo del Bakken (Dakota del Norte), Eagle Ford (Texas) y Permian (Texas-Nuevo México). En términos de reservas, Vaca Muerta contiene estimaciones que oscilan entre 300 y 600 millones de barriles de petróleo equivalente recuperables con tecnología actual, suficiente para 25 a 40 años de producción a tasas sostenidas.
El estado actual del sector en Vaca Muerta refleja una industria consolidada pero en transición. YPF, empresa estatal con participación mayoritaria, operó durante 2025 y 2026 con una estrategia dual: maximizar producción en áreas maduras del norte de la formación (bloques Loma Campana, La Amarga Este) mientras ralentiza inversión en expansión. Shell mantiene operaciones en áreas de desarrollo temprano con aproximadamente 300.000 bpd de potencial; Chevron, tras adquirir el paquete accionario de Petrobras en 2017, comanda operaciones en la sección sur con volúmenes de 250.000 a 280.000 bpd. ExxonMobil opera en La Invernada con menor escala pero crece gradualmente. El número de pozos en producción alcanzó 2.847 unidades activas a julio de 2026, con un promedio de 450-500 pozos perforados anualmente en el período 2023-2026. Los costos operativos de lifting (extracción) rondan entre 5 y 7 dólares por barril, mientras que el costo de completación de un pozo—incluyendo fracturación y equipamiento—oscila entre 8 y 12 millones de dólares, determinante para la rentabilidad con precios de petróleo que fluctúan entre 60 y 90 dólares por barril. El diferencial de precio entre Brent y WTI frente al petróleo de Vaca Muerta (típicamente un descuento de 8 a 15 dólares) impacta directamente la ecuación económica.

Los desafíos que enfrenta Vaca Muerta hoy son simultáneamente geológicos, económicos y regulatorios. En lo técnico, la curva de decline de producción de los pozos de esquisto es pronunciada: típicamente cae 60-70% en el primer año y requiere perforación continua de nuevos pozos solo para mantener producción actual. Con el precio del petróleo en rangos de 75-85 dólares mensuales promedio durante 2025-2026, la rentabilidad marginal de nuevos pozos se reduce significativamente, desincentivando inversión. El régimen fiscal argentino—que combina derechos de exportación, impuesto a la ganancia extraordinaria (20% en 2026), y variaciones en derechos arancelarios—genera incertidumbre sobre el flujo de caja neto de proyectos a largo plazo. Un barril exportado a 80 dólares genera retornos al operador de entre 45 y 55 dólares luego de retenciones fiscales, dependiendo de la composición de crudo y mercado destino. Esto comprime márgenes frente a desarrollos estadounidenses donde la ecuación fiscal es más predecible. Adicionalmente, la disponibilidad de agua para fracturación hidráulica genera fricción con comunidades locales en Neuquén; aunque Vaca Muerta consume aproximadamente 15 millones de barriles anuales de agua (menos del 5% de extracción hídrica regional), el debate ambiental permanece activo. Las oportunidades, en cambio, son robustas: la demanda global de gas natural licuado (GNL) crece a 3-4% anual; Argentina podría abastecer plantas de licuefacción con créditos de carbono diferencial si desarrolla tecnología de captura; y la transición energética global hacia gas como combustible puente eleva perspectivas de precios a 12-15 años plazo.
La perspectiva para Vaca Muerta en el período 2026-2030 depende de tres variables críticas: (1) precios de petróleo y gas sostenidos en rangos mínimos de 70-75 dólares barril y 8-10 dólares por millón BTU, respectivamente; (2) continuidad en política fiscal que no deteriore ecuación de rentabilidad; (3) inversión adicional de 8.000 a 12.000 millones de dólares en perforación y midstream. Escenarios base del sector proyectan producción estable entre 1.200.000 y 1.400.000 bpd hasta 2028, con potencial de crecimiento a 1.600.000 bpd si se concretan proyectos de expansión anunciados por Shell y Chevron. Sin embargo, escenarios de estrés—caída del petróleo a 50-60 dólares, endurecimiento fiscal o restricciones ambientales—podrían contraer producción a 900.000 bpd. La decisión crítica que enfrenta el Gobierno argentino es si mantiene la presión fiscal sobre operadores para maximizar ingresos de corto plazo o si crea marcos de incentivo a inversión de largo plazo. Históricamente, Argentina ha priorizado ingresos inmediatos, lo que generó ciclos de inversión/desinversión. En 2026, con inflación moderada y presión de divisas, existe presión para elevar retenciones, pero esto erosiona señales a inversores internacionales. YPF, por su parte, enfrenta presión para financiar inversión con fondos propios y endeudamiento, limitando su capacidad de crecimiento. El próximo paso decisivo será la renegociación de acuerdos de inversión con Shell y Chevron para 2027-2028, donde la flexibilidad fiscal será determinante para volúmenes adicionales.



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